
Otoño. Ley del personaje curioso.
La calle se convirtió en un manto gris. Las farolas no daban demasiada luz y todo estaba impregnado de la lluvia salada que caía del cielo como deseos a mi corazón. Siempre buscando la perfección. Enfoqué con mi cámara y realicé un gran trabajo que podría exponer bajo mi cama, en el cajón oculto. Donde guardo mis deseos, mis ganas y mis pensamientos. Nunca me decido a ser una sola persona. Siempre soy yo, eso está claro, pero en diversas facetas. Si esperabais ver la rubia perfecta, alta y buena en todo os habéis equivocado. Si buscabais la morena rechoncha y patosa también. Yo siempre estoy en el medio. Otro ejemplo, soy la mediana de tres hermanos y la única mujer –aparte de mi madre, eso está claro-, de mi familia. Soy castaña, con el pelo enredado. Ni delgada ni gorda, que viste según la convenga y está perdida en la vida. Mi misión es encontrarme. Aquí estamos. En medio de la calle con un escalofrío recorriendo mi cuerpo. No he llamado a ninguna de mis estupendas amigas, estarán demasiado ocupadas eligiendo la ropa que se pondrán al día siguiente. Hoy me apetece ser diferente. Solo deseo que no se fastidie el aparato electrónico que sostengo entre mis manos. Cuesta un pastón.
Estoy a tres kilómetros de mi casa, en el centro de la ciudad, a cuatro años de ser mayor de edad a años luz del futuro, a escasos segundos de un gran monumento. Al girar la calle hay una bonita estatua. Me dirijo corriendo hasta ella y me siento. Busco el móvil y decido llamar a mi madre para recordarla que aún no me he ahogado, que estoy bien a la par que hambrienta y que en cosa de una hora regresaré a casa. Hay palomas comiendo palomitas en el suelo. Saco un par de fotos en blanco y negro y me voy cabreada puesto que siempre llevo lo mismo. Tengo los calcetines empapados, los azules de rayas que mi abuela me cosió de nuevo para no tener que tirarlos. No se lo digo a nadie, no pretendo dar lástima. Soy mucho más fuerte que ese tipo de niñerías sin sentido. Al menos me siento viva, y más lo sentiré cuando llegue a casa y yo misma vea que no he estudiado lo más mínimo y que esto cada vez me preocupa más. Enciendo los cascos de la radio. Suena blues. Por fin algo bueno en todo el día.
Comienzo a caminar arrastrando los pies a la par que la mirada intentando no pisar las líneas que separan cada trozo de piedra denominado suelo. Oh, ahora aparento ser la típica niña que todo lo sabe o la pobre perdida en el mundo. Quizá las dos cosas. Solamente soy una borde solitaria. Lo que más me divierte, supongo. Necesito un vaso de gaseosa para sobrevivir durante el trayecto. No me queda dinero, es cierto. El último euro se cayó por la alcantarilla. Otra ley de murphy, supongo, cuya existencia desconozco. He pasado a la otra calle y me encuentro pegada a un escaparate, mirando con mis ojos marrones los peces naranjas que no cesan de nada y de hacer siempre lo mismo, como nosotros, los humanos. Hincho mis mofletes y me hecho a reír. ¿Soy tonta, o qué? Hago un gesto negativo con la cabeza. Cuando quiero darme cuenta, estoy cerrando la puerta de mi casa y lanzando un “Buenas Noches” a todo volumen.
Después de cenar la ración de cinco filetes y escuchar absurdos comentarios sobre el tiempo –realizados como no por mis padres, a los que seguían la risa de mis hermanos. Ese humor familiar que nunca comprenderé pero que te hace sonreír-, cierro otra puerta. La de mi habitación. Saco la cámara y hago fotografías desde la ventana. Muchas seguidas. Las pasaría al ordenador pero tengo mucho calor. Me tumbo en la cama y me quedo dormida completamente.
¿Hacia dónde miran las estrellas?
No sé si seguirlo porque no sé si es un buen comienzo para una historia. Aquí lo dejo.
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